
Durante las casi dos décadas que habité los cuentos de Roberto Mariani, el boedista que narró el vuelo bajo de la oficina en los años veinte, la música se me ofreció como una tabla de salvación o la droga blanda de una feliz distopía. Ningún cuadro de resultados con una tasa interna de retorno negativa los tres primeros años me arredraba cuando subía a la autopista Richieri, camino de la empresa, con el sol de frente mientras los parlantes de las puertas delanteras del Duna vibraban con las melodías dulces de Howdy!, que me hacían vislumbrar la felicidad tan a mano como la casilla del peaje que anunciaba una cartel azul de letras blancas a mil metros.
"I need direction" (Howdy!, 2000)
Todo había empezado como una confusión que es una forma de la casualidad que es una forma del destino, cuando compré Bandwagonesque, el disco del noventa y uno que editó Geffen el mismo año que sacó Nevermind. La revista Spin, en su edición especial de diciembre, lo había puesto en el primer lugar de la lista de los veinte mejores álbumes del año, seguido de Out of time, el bebé submarino a punto de ser pescado con un billete de dólar y Trompe le monde. Esa lista es un contento que incluye muchos discos que todavía me deleitan: Gish de los Pumpkins, The utopian experience de P.M. Dawn, Steady diet of nothing de Fugazi, De la soul is dead de De la Soul, Every good boy deserves fudge de Mudhoney. Perry Farrell es el artista del año y foto de tapa. Compré el disco influenciado por ese ranking. Quizás yo esperaba un sonido como el que prometía el segundo tema, de un minuto y veintidós segundos, en la vena de Sonic Youth, pero “Satan” era en realidad una despedida o una declaración de principios por la negativa o una fórmula de conjuro: Vade Retro.
"Satan" (Bandwagonesque, 1991)
En ese entonces era un profano que descreía de la estructura tradicional de una canción de rock y este álbum me abrió las puertas del mañana, cuando ya no existieran Jane´s Addiction ni el loudquietloud de los Pixies y yo me sentara a escuchar rock and roll como mi vecino de enfrente, que dormita la siesta en el asiento del Peugeot quinientos cinco, subido a la vereda a la sombra del paraíso, acunado por un repertorio clásico de tangos, a esa hora en que el tiempo se suspende y el calor reverbera en Llavallol.
"What you do to me" (Bandwagonesque, 1991)
Este año que pasó, enlutado por la pérdida enorme, trajo el contraste indispensable que puso fin a la espera de un lustro sin novedades de Teenage Fanclub. Como un anhelado domingo de pic-nic, con sánguches de fiambre apilados en la bolsita de pan lactal, huevos duros y cerveza trasvasada en envases de plástico, que hacen olvidar los mostradores, las máquinas y los pasillos de los escritorios, llegó Shadows, para dicha del oficinista atrapado en la ruta de la compañía a casa. Ya no conservo el Duna ni el puesto en el sector de planeamiento financiero. Pero la devoción sigue intacta y me confirma que el mundo todavía puede ser un lugar simple y lindo.
"The fall" (Shadows, 2010)

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2 comentarios:
Muy bueno el blog, me gusto bastante
Salu2
un proverbio del infierno dice: "No sabrás lo que es bastante hasta saber lo que es más que bastante."
salute y gracias
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