Durante veinte años imaginé un recital de Jane’s Addiction transfigurado por los tintes hiperbólicos del mito. En innumerables reseñas lo entreví como el Teatro al aire libre de Oklahoma que recibe a todos los desposeídos y sospechosos de América, como un circo descomunal en continuo ensanchamiento. La visión original me la proporcionó el Rata, el día que vino a casa con un cassette de Ritual de lo habitual a contarme que había visto un show en Tijuana. Ayer llegó la ocasión de cotejar los reinos antagónicos de la imaginación y lo real. Por fin pude saltar como lo hacía en mi cuarto de soltero, después de bañarme y antes de ir a trabajar, pero con el cuerpo entumecido, esta vez, por los golpes que me propinaban los jóvenes briosos que pogueaban como si el punk recién acabara de inventarse. Nos divertimos muchísimo. Mi esposa, más atrás, celebraba la altura que conseguía casi por encima de la media, a mi edad, y el estoicismo con que resistía los embates. Pero ignoraba las consecuencias del frenesí. En un desplazamiento lateral trastabillé y se me cayeron los lentes. Me tiré al suelo y empecé a palpar el piso de pasto oscuro, deteniendo con una mano al chico que tenía adelante para que no los pisara en un movimiento involuntario. El flaco, rápido y avivado, les pegó un grito a los cuatro o cinco danzarines que saltimbanqueaban a mi alrededor; algo así como ¡Esperen!, con la solidaridad que sólo el punkrocker sabe ofrecer en los trances peliagudos. Se hizo un vacío de gente a mi alrededor que no sabía lo que ocurría o intuía lo peor. Yo tirado en el suelo meta palpar y mi protector aguantando a la multitud con una voz de mando contundente que detuvo el recital durante los tres segundos que demoré en recuperar los anteojos. Los revisé y estaban intactos, me los puse, miré para adelante y sentí un alivio al comprobar que los músicos seguían ahí. Yo estaba sofocado, agitado, hiperventilado mientras Perry Farrel componía cuadros de vodevil con dos bailarinas de burdo gusto camp. De a poco me fui retrasando hasta reencontrarme con mi mujer, que me esperaba con una gatorade para que reponga las sales que había perdido en el tour de force. Le di los lentes. Se escucharon los golpes del bajo de la siguiente canción. Me toqué la billetera, las llaves del auto, los documentos y el celular para ver si estaban; los acomodé lo mejor que pude en el fondo del bolsillo y salí disparado hacia adelante. Mi esposa meneaba la cabeza resignada la última vez que giré para verla.
viernes, abril 01, 2011
Juanas Adicción
Durante veinte años imaginé un recital de Jane’s Addiction transfigurado por los tintes hiperbólicos del mito. En innumerables reseñas lo entreví como el Teatro al aire libre de Oklahoma que recibe a todos los desposeídos y sospechosos de América, como un circo descomunal en continuo ensanchamiento. La visión original me la proporcionó el Rata, el día que vino a casa con un cassette de Ritual de lo habitual a contarme que había visto un show en Tijuana. Ayer llegó la ocasión de cotejar los reinos antagónicos de la imaginación y lo real. Por fin pude saltar como lo hacía en mi cuarto de soltero, después de bañarme y antes de ir a trabajar, pero con el cuerpo entumecido, esta vez, por los golpes que me propinaban los jóvenes briosos que pogueaban como si el punk recién acabara de inventarse. Nos divertimos muchísimo. Mi esposa, más atrás, celebraba la altura que conseguía casi por encima de la media, a mi edad, y el estoicismo con que resistía los embates. Pero ignoraba las consecuencias del frenesí. En un desplazamiento lateral trastabillé y se me cayeron los lentes. Me tiré al suelo y empecé a palpar el piso de pasto oscuro, deteniendo con una mano al chico que tenía adelante para que no los pisara en un movimiento involuntario. El flaco, rápido y avivado, les pegó un grito a los cuatro o cinco danzarines que saltimbanqueaban a mi alrededor; algo así como ¡Esperen!, con la solidaridad que sólo el punkrocker sabe ofrecer en los trances peliagudos. Se hizo un vacío de gente a mi alrededor que no sabía lo que ocurría o intuía lo peor. Yo tirado en el suelo meta palpar y mi protector aguantando a la multitud con una voz de mando contundente que detuvo el recital durante los tres segundos que demoré en recuperar los anteojos. Los revisé y estaban intactos, me los puse, miré para adelante y sentí un alivio al comprobar que los músicos seguían ahí. Yo estaba sofocado, agitado, hiperventilado mientras Perry Farrel componía cuadros de vodevil con dos bailarinas de burdo gusto camp. De a poco me fui retrasando hasta reencontrarme con mi mujer, que me esperaba con una gatorade para que reponga las sales que había perdido en el tour de force. Le di los lentes. Se escucharon los golpes del bajo de la siguiente canción. Me toqué la billetera, las llaves del auto, los documentos y el celular para ver si estaban; los acomodé lo mejor que pude en el fondo del bolsillo y salí disparado hacia adelante. Mi esposa meneaba la cabeza resignada la última vez que giré para verla.
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10 comentarios:
Cuando te tocas los bolsillos para ver si esta todo en su lugar caes en la cuenta del paso del tiempo. El pogo no es tan lesivo al cuerpo como lo es a la propiedad. De ahi el caracter radical de la práctica. saludos
En realidad tenía miedo de perder algo, ni pensé en la hipótesis del hurto (estaba fascinado), pero de eso se trata, del paso del tiempo.
saludos
qué buena la foto de Husker Du del perfil! es de la sesión de fotos para la tapa del disco Zen Arcade, pero no es la de la tapa.
ah, no tenía ese dato sobre el origen de la foto, aunque siempre me gusto: los 3 ahi grises sobre gris del basural
Me dormi...
Cuando veo a estas bandas solo vienen a mi mente recuerdos que no puedo recrear en el presente.
OK: serán signos de que el tiempo ha pasado, pero...yo lo veía a Farrell y pensaba que sí, que estaba bien, que no había amado el ritual de lo habitual al pedo, que no había comprado la independencia porque sí...pensaba que se puede ser cincuentón y reirse mucho, seguir amando lo mismo que a los 20, seguir creando y disfrutando. Yo me la pasé de puta madre, Martín!
Y desde mi espacio en la UBA y el Estado sigo siendo la misma chica que gastaba ciertos LP´s en los 80´s, mientras mi tío decía: "Y claro, a los 20 años todos escuchan esa música y les gusta el che guevara, ya van a llegar a los 40s".
JA tuvo sabor de revancha: aún con anteojos, seguimos viendo el camino que queremos ver.
Salud, pues!
Miriam
Y yo pogueé como un crio! se me reía el culo... y le refriego lo mismo a tu tío y a los míos.
beso, Miriam
Ahora que me explicaron me agarro mas sueño todavia !!!! tendre que ir a un analista ?
No e´ nesario beshnardo (le decia Carlitos a Neustadt): tu primer comentario encierra alguna verdad que también sentí (más alla de la retórica borgesiana del pasado y la memoria). Pero preferí la evasión física que el regodeo mental. saludos.
Billetera,celular,llaves del auto,documentos,esposa indicios de lo que ya fue .....
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