domingo, julio 17, 2011

Paoletti & Los Acordes





"El beso", Casa Rodante (2011)

El miércoles a la noche Paoletti presentó su disco nuevo, Casa Rodante, en un bar del microcentro, once años después de su último trabajo, Soy yo por ahora. Son once años mentirosos, nadie le dedica once años de su vida a un disco. Además contiene nueve canciones, lo que daría un promedio de cuatrocientos cuarenta y seis días para cada una. Esta displicencia para publicar es intrínseca a su universo musical y poético, sustraído a la lógica mercantil de la producción artística y enrolado en un uso económico de los recursos expresivos. Una vez sola hizo alarde de derroche creativo en el clásico En la ruta del árbol (1998), y dejó en claro que ese disco de veinticuatro temas podía expandirse como un fractal en veintitantos discos más, simplemente siguiendo hasta el final cada una de las líneas propuestas y concentradas en lacónicos temas de un minuto y pico. Pero para Paoletti menos es más. Como su poesía, que ha decantado en un conjunto de palabras que ningún poeta se atrevería a cortejar: flores, colores, viento, árboles, agua, sal, casa, ventana, nubes, cielo. Son las mismas palabras que se encuentran en los libros infantiles, en versos sencillos sin ropaje ni pedrerías: “una mariposa me besó en la boca”, empieza el disco cantando Paoletti a quien la naturaleza le habla, lo besa y acaricia, sin misterio ni revelación, así nomás.
Había veintiséis personas cuando empezaron a tocar, entre ellas una mesa de jóvenes beldades que se levantaron promediando el concierto que a las claras no les competía. En dos temas Fernando Lamas, que luce su voz acompañando a Paoletti, batió palmas para recuperar esa esencia de los cuerpos percudidos, tan vieja como el hombre. Hay algo antiguo en las canciones de Paoletti, como música de cuna para seres gastados. Tocaron bajito, atentos a las ordenanzas municipales, contenidos, cejijuntos, parcos. El público se mostró pasivo e indolente. Pocos se acercaron al final a comprar el disco. En la tapa hay una soga para colgar la ropa, con las partituras prendidas con broches, una palangana sobre el pasto, una naranja colgando de un árbol y una guitarra negra perdida en el fondo oscuro del jardín. La voz de María Fernanda Aldana moja las canciones con el agua clara del pozo. Es un disco hermoso, tiene vientos, moog y piano Rhodes, colibríes que hablan, mariposas que besan, árboles que brindan, colores que cambian de color, perfumes de flores y nubes que aplauden.

(Foto: Ines Buzzetti Thomson)

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